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octubre 5, 2026
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octubre 5, 2026Línea de fuego y resiliencia:
La Traumatología venezolana ante el doble sismo
El doble terremoto del 24 de junio sometió a los servicios de traumatología a una prueba sin precedentes. Entre colapsos de infraestructura, pérdidas humanas de compañeros, manejo de síndromes de aplastamiento y turnos maratónicos sin descanso, los especialistas asumieron con entereza y empatía la primera línea asistencial. Los testimonios revelan lecciones críticas en triaje, fallas en logística y comunicación así como la urgente necesidad de institucionalizar la medicina de desastres en Venezuela.
Por: Luis E. Baralt
Las fallas geológicas de Venezuela se hicieron sentir como nunca la tarde del pasado 24 de junio, cuando un poderoso doblete sísmico sacudió con extrema crudeza al estado La Guaira, a la ciudad de Caracas y a poblaciones aledañas, entre otras del país. Desde las primeras horas posteriores al evento, los servicios de emergencia y los departamentos de traumatología se convirtieron en dique de contención frente a un flujo masivo, heterogéneo e incesante de lesionados. La magnitud del desastre superó con creces cualquier precedente registrado en la historia sanitaria contemporánea del país, tensionando al límite la capacidad operativa de los centros centinelas en cuestión de horas y transformando radicalmente la dinámica asistencial.
El Hospital Dr. Domingo Luciani desplegó una respuesta quirúrgica bajo la guía de protocolos de control de daños, y una marea de solidaridad. Los primeros lesionados en ingresar a la institución procedían del colapso estructural en Los Palos Grandes. Sin embargo, al amanecer, la magnitud de la tragedia se tornó evidente con la llegada masiva de afectados desde La Guaira.
Así lo describe el Dr. Ángel José Ramírez De Pinho, jefe de la Unidad de Cirugía de Reconstrucción de Pelvis y Acetábulo, quien describe: «Empezaron a llegar los pacientes de La Guaira de una forma bastante impresionante, porque eran ambulancias, pick-ups, camionetas, carros llenos de gente completamente cubierta de polvo, tierra y sangre… O sea, era una imagen muy cruda».
Ante este flujo crítico, la planta baja y la nueva emergencia se transformaron por completo. Con el apoyo de equipos portátiles de rayos X y ecografía ubicados en el área de trauma-shock, el personal médico y de enfermería instauró un triaje simultáneo que desbordó los espacios tradicionales. Áreas como cardiología y neumonología fueron habilitadas de forma provisional para la hospitalización de los heridos.
Patrones lesionales y manejo hemodinámico
La prevalencia traumatológica no discriminó edad ni género, aunque se registró una mayor incidencia de afectación en mujeres y niños, de acuerdo con el Dr. Ramírez De Pinho. Dentro de los patrones lesionales predominaron los miembros severamente lesionados y las fracturas en extremidades inferiores.
Mientras que las fracturas de pelvis representan habitualmente entre el 5% y el 8% de los ingresos globales de emergencia, en este contexto se documentaron cerca de 40 fracturas de pelvis entre los 272 pacientes intervenidos quirúrgicamente por el servicio. Asimismo, los síndromes por compartimento y por aplastamiento —muchos de ellos con fasciotomías practicadas previamente en el campo— exigieron una respuesta hemodinámica inmediata.
Para optimizar los recursos vitales, el equipo adoptó metas estrictas durante las primeras 48 horas: «No más de una hora de quirófano por paciente, porque eran demasiados. Iniciamos con control de daños, colocación de fijadores externos, atención básica fundamental, estabilizarlos para después planificar cirugías definitivas».
Gracias al manejo coordinado con especialistas en medicina interna, el soporte de fluidos y la prevención oportuna del fracaso renal agudo, la tasa de complicaciones sistémicas disminuyó notablemente, limitando la necesidad de terapias de sustitución renal. En cuanto a las decisiones de amputación, el equipo se fundamentó en la escala MESS (Mangled Extremity Severity Score), priorizando la vida ante lesiones vasculares irreparables y destrucciones tisulares masivas.
Abastecimiento, resiliencia y el valor de la doctrina académica
Uno de los pilares que evitó el colapso operativo absoluto fue la disponibilidad inicial de insumos y el respaldo interinstitucional. A diferencia de escenarios donde la escasez obliga a la improvisación técnica, el servicio del Domingo Luciani contaba con un banco de osteosíntesis. Por su parte, la empresa privada, fundaciones y la sociedad civil se abocaron a los espacios hospitalarios para garantizar los implantes requeridos sin costos ni demoras.
No obstante, la tragedia también dejó al descubierto vacíos en el manejo psicológico del personal de salud. Jornadas continuas de más de dieciocho horas durante quince días consecutivos se sostuvieron a base de adrenalina, compañerismo y el soporte alimentario proporcionado por la directiva del hospital y los familiares de los pacientes.
Para el Dr. Ramírez De Pinho, el mayor aprendizaje de esta experiencia radica en la necesidad de consolidar una cultura de preparación ante desastres: «Ya nos dimos cuenta de que esto no es un mito ni es una leyenda: somos un país sísmico y debemos establecer nuestros protocolos. Ya tenemos la evidencia, tenemos ahora que desarrollar la teoría, ponerla en práctica y enseñarla en nuestros hospitales y universidades».
Saturación y protocolos de contingencia bajo presión
A las 7:30 de la noche del pasado 24 de junio, la emergencia de la Policlínica Metropolitana en Caracas se sobresaturó. La Dra. Sabrina García, traumatóloga ortopedista especialista en caderas y rodillas, recuerda aquellos momentos con la severidad de quien ha recorrido las trincheras de la salud pública. “Era un colapso total. Había tanta gente…”, relata la especialista, quien también ejerce en la Policlínica El Retiro, el Hospital Ana Francisca Pérez de León II de Petare y el Hospital José María Vargas de La Guaira.
El flujo incesante de ambulancias y heridos procedentes de zonas periféricas, desbordó la capacidad física de los centros de salud. En cuestión de horas, el número de pacientes superó la marca de los sesenta en un solo turno, obligando a habilitar el área del vestíbulo con camillas improvisadas. Ante la paralización de los sistemas informáticos y administrativos, el personal médico recurrió a rústicos métodos de identificación. “Identificábamos con un tirro en la ropa, porque no teníamos chance de hacer historias, hacer ingresos. La gente estaba extremadamente asustada”, señala la doctora García sobre las dinámicas de triaje impuestas por la emergencia.
La presión asistencial obligó a redefinir prioridades clínicas de forma inmediata. Las salas de operaciones operaron de manera ininterrumpida durante días enteros.
Síndrome de aplastamiento y criterios de amputación
Uno de los mayores desafíos clínicos al que se enfrentó el equipo quirúrgico, fue el manejo de pacientes con un severo compromiso vascular y muscular, derivado de tantas horas bajo los escombros. La presentación de cuadros complejos de síndrome de aplastamiento, exigió la ejecución constante de fasciotomías descompresivas y, en los casos más críticos, intervenciones radicales para salvar la vida de los afectados.
La decisión de proceder con la eliminación de extremidades se basó estrictamente en criterios toxicológicos y quirúrgicos estandarizados, aplicando la escala de MESS. “Donde había una sección, una pérdida ósea de más del 80 %, donde ya casi no quedaba tejido… se hacía el procedimiento”, puntualiza García, subrayando que cada intervención se rigió por el consentimiento informado del paciente, salvo en situaciones de inminente riesgo vital.
Desplazamiento a La Guaira y jornadas límite
Con el paso de los días, la labor asistencial se extendió hacia las zonas costeras más golpeadas, donde la operatividad dependía en gran medida de unidades quirúrgicas de campaña como el hospital móvil Samaritan’s Purse. Las intervenciones en esta fase se centraron en rescatar extremidades al límite de la necrosis, o en reintervenir a pacientes cuyos cuadros infecciosos avanzaban rápidamente, explicó la Dra. García.
La doctora García describe jornadas de trabajo que superaron las 48 horas continuas sin pausa para comer o descansar adecuadamente. “Yo llegué a la clínica a las 7:30 de la noche del miércoles 24 y regresé a mi casa el viernes a la 1 de la mañana”, recuerda, dimensionando el impacto operativo que también afectó anímicamente a residentes y personal de enfermería, muchos de los cuales perdieron sus hogares o sufrieron pérdidas familiares directas.
El impacto invisible: el trauma psicológico
Los especialistas debieron lidiar con pacientes que experimentaban pérdida de la esperanza tras intervenciones corporales agresivas y repetidas cirugías. “Lo que más me impactó en este punto, era el miedo que tenía la gente, miedo y desesperación porque estaban separados de su familia”, reflexiona la Dra. García, recordando casos de pacientes que se negaban al descanso o presentaban crisis de pánico ante estímulos lumínicos o sonoros mínimos.
En cuanto a las lecciones operativas que deja el sismo, la especialista enfatiza las debilidades estructurales en los sistemas de rescate primario y transporte prehospitalario en el país. A su juicio, la falta de una red de respuesta rápida en autopistas y comunidades restó valiosas probabilidades de supervivencia en las horas críticas posteriores al impacto. No obstante, concluye que el capital humano gremial demostró un compromiso inquebrantable, al tiempo que cataloga la experiencia como un auténtico «COVID traumatológico» que redefinió los límites de la resiliencia en la práctica médica nacional.
Traumatología de trinchera
Para el Dr. Oswaldo Fuentes, adjunto del Servicio de Traumatología y coordinador del posgrado de trauma del Hospital Periférico de Pariata, la catástrofe se vivió desde múltiples trincheras: la de los médicos locales que perdieron sus viviendas y la de los equipos atrapados en medio del colapso vial.
Las imágenes descritas por el especialista resultaban dantescas: edificios colapsados, la explosión de una infraestructura de gas y calles anegadas por escombros, convirtieron el área en un escenario de medicina de guerra. En medio de este panorama, la respuesta institucional se activó de forma espontánea. «El equipo de guardia estaba completo y había adicionales, pero por coincidencia, cuando sucedió el terremoto, era feriado y había dos grupos trabajando», detalla el Dr. Fuentes sobre la dotación inicial en Pariata, donde seis residentes y dos adjuntos asumieron la primera línea de atención.
El reto del síndrome de aplastamiento
Si bien los primeros días estuvieron dominados por politraumatismos severos, fracturas abiertas e intervenciones urgentes, luego se revelaría una dificultad clínica de alta complejidad: el síndrome de aplastamiento, exige un manejo médico riguroso previo a la liberación de la compresión tisular. La repercusión directa sobre la función renal multiplicó los casos de rabdomiólisis, patología caracterizada por la destrucción del tejido muscular estriado y la liberación de mioglobina a la circulación sistémica.
Muchos pacientes requirieron soporte de diálisis prolongado, mientras que otros sufrieron paros cardíacos súbitos en el preciso instante del rescate, un fenómeno letal asociado al desequilibrio electrolítico y hemodinámico tras la descompresión. Ante la gravedad de las lesiones con compromiso vascular y nervioso circunferencial, los equipos quirúrgicos de Pariata también aplicaron estrictamente los criterios MESS, incluso en pacientes pediátricos desprovistos de familiares o de un consentimiento informado tradicional.
La eterna deuda en infraestructura
La operatividad del hospital guaireño enfrentó limitaciones severas desde el inicio. Con los quirófanos ubicados en el quinto piso y los ascensores fuera de servicio, el equipo médico debió improvisar una zona de control de daños y cirugías de emergencia en la planta baja. La llegada masiva de fallecidos saturó espacios destinados a la reanimación, un error operativo que el personal califica como crítico.
A pesar de las fallas estructurales y la ausencia inicial de registros digitales —superada temporalmente mediante herramientas en la nube desde equipos personales—, la coordinación interhospitalaria fluyó gracias a los vínculos académicos y profesionales previos con centros de referencia en Caracas, como el Hospital Pérez Carreño y el Hospital Clínico Universitario, cuyos equipos respondieron de inmediato ante la solicitud de derivaciones.
Asignaturas pendientes para la medicina de catástrofes
A dos décadas del deslave de 1999, el sistema sanitario venezolano sigue adoleciendo de una cultura preventiva formal. La ausencia de simulacros integrales, la falta de sistemas de comunicación independientes de las redes celulares comerciales y el diseño arquitectónico de los hospitales —que pocas veces consulta las necesidades ergonómicas y funcionales del personal médico— continúan pasando factura.
El impacto emocional en el personal de salud también dejó secuelas silenciosas. Médicos y residentes que perdieron sus hogares, durmieron en zonas de hospitalización inhabilitadas para continuar laborando jornadas maratónicas. Hoy se hace evidente que la reconstrucción del Litoral Central, debe incluir un hospital de trauma robusto dotado con helipuerto operativo, rutas de evacuación expeditas y protocolos de respuesta estandarizados que transformen la resiliencia improvisada en una política de Estado sostenible.
Trauma en catástrofe
Cuando los reportes preliminares comenzaron a circular tras el sismo, la Dra. Estefanía Von-Stutzinger, médico especialista II del Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño y coordinadora académica del posgrado de traumatología, intentó comunicarse infructuosamente con sus residentes. Ante la falla en las telecomunicaciones, decidió trasladarse al centro asistencial.
“Cuando llegué, obviamente era un caos, porque ya habían llegado muchos pacientes. Venían como por olas: logramos compensar la emergencia, pasaba media hora y volvían a llegar más pacientes”.
El impacto estructural no perdonó el recinto. Aunque la evaluación oficial otorgó una certificación verde, las instalaciones sufrieron daños evidentes en quirófanos y áreas de tránsito. De los ascensores, la mayoría inoperativos desde antes del evento, solo se mantuvo activo el ducto directo de emergencia a quirófano y terapia intensiva en el piso 6.
Manejo crítico y síndrome de aplastamiento
A partir del segundo y tercer día, el perfil de los lesionados cambió drásticamente con la llegada de pacientes referidos desde La Guaira. El equipo médico contabilizó diecisiete pacientes afectados por síndrome de aplastamiento que requirieron amputación —dieciséis sobrevivientes y un fallecido—, además de tres casos adicionales, con la misma complicación, que conservaron sus extremidades mediante esquemas intensivos de diálisis debido a la rabdomiólisis severa.
“Muchos llegaron ya con gangrenas gaseosas, porque los pacientes que venían de La Guaira llegaron con hasta 18 horas de evolución, y ellos referían que los habían rescatado después de 10, 12 horas. Con ese tiempo empiezan a hacer falla renal”.
En cuanto a fracturas complejas, el servicio estabilizó ocho lesiones de pelvis —dos adicionales fueron derivadas al Hospital Dr. Domingo Luciani— y más de quince fracturas abiertas en huesos largos. La población pediátrica también figuró en las estadísticas de la contingencia: nueve a diez niños recibieron manejo especializado por fracturas, salvamentos de miembros y cuatro lamentables amputaciones.
Logística de desastre y solidaridad comunitaria
La capacidad de respuesta operativa dependió de una movilización sin precedentes del personal y del soporte externo. Dieciséis de los diecisiete especialistas de la plantilla, la totalidad de los residentes y cuatro exresidentes se incorporaron a jornadas ininterrumpidas de hasta diecinueve horas diarias, habilitando de cuatro a cinco quirófanos de manera simultánea.
La escasez estructural de insumos obligó a replantear la estrategia asistencial. Ante la ausencia de recursos públicos regulares, la solidaridad ciudadana y el respaldo de casas comerciales sostuvieron la operatividad del servicio. “Muchas de las casas comerciales se solidarizaron. Muchas nos donaron tutores, alambres para poder resolver estas fracturas abiertas, para poder resolver a los niños. Nos donaron también los vástagos para las fracturas de los niños, y otras casas comerciales disminuyeron el costo del material de osteosíntesis”.
Una limitación técnica crítica fue la disponibilidad de un solo intensificador de imágenes en el Pérez Carreño. Aunque algunas empresas prestaron equipos portátiles de manera temporal, el déficit ralentizó los procedimientos quirúrgicos de mayor envergadura, obligando al equipo a asumir riesgos técnicos para evitar la retención prolongada de los enfermos.
El costo emocional y la resiliencia del personal
El impacto psicológico de la tragedia puso a prueba la estabilidad emocional del equipo médico en todos los centros asistenciales. En medio de historias devastadoras, los profesionales debieron aplicar mecanismos de autoprotección mental para continuar laborando.
“Ves una pierna que no tiene posibilidades de salvarse y debes respirar hondo, porque no te puedes poner a llorar frente al paciente».
Patrones de lesiones en La Guaira
El Dr. Chamberlain Cherubini, médico traumatólogo y subdirector docente del Hospital del Seguro Social General Regional Dr. José María Vargas, explicó que durante los primeros tres días el servicio de traumatología atendió un estimado de entre 250 y 300 personas, con un flujo masivo de ingreso inmediato durante las primeras horas posteriores al sismo.
Detalló que 60% de los pacientes atendidos fueron adultos, con una distribución equitativa entre géneros. Aunque la población pediátrica también figuró en las estadísticas con casos de gravedad, el especialista destacó que presentaron una proporción menor de lesiones severas, posiblemente debido a su superficie corporal y volumen.
En cuanto a la tipología del trauma, los patrones variaron conforme transcurrieron los días de emergencia. “Lo más frecuente el primer día fueron extremidades severamente lesionadas que se decidió amputar inmediatamente en vista de la contingencia”, indicó el Dr. Chamberlain. Para el segundo día, el perfil clínico incluyó una proporción similar de fracturas abiertas y síndromes compartimentales, mientras que hacia el tercer día predominaron las complicaciones por aplastamiento y tres casos graves de fracturas de pelvis, una de ellas expuesta.
Protocolos de reanimación
El manejo de la rabdomiólisis traumática representó uno de los mayores desafíos clínicos. El servicio diagnosticó 10 casos de aplastamiento en la primera jornada, cifra que escaló a un rango de 20 a 25 pacientes tanto el segundo como el tercer día, antes de registrar un descenso en la curva.
El protocolo inicial implementado consistió en hidratación parenteral a volumen expansivo de manera veloz. Posteriormente, el equipo de nefrología se sumó a la atención para estabilizar a los pacientes que desarrollaron lesión renal aguda y otras complicaciones médicas asociadas.
Procedimientos ablativos y dinámica quirúrgica
Ante la magnitud de la contingencia y la ausencia inicial de estudios imagenológicos o exámenes de laboratorio, los quirófanos operaron bajo los lineamientos de una cirugía de guerra, afirmó el Dr. Chamberlain. Durante el primer día se practicaron entre 40 y 50 amputaciones, reduciéndose a unas 30 intervenciones el segundo día y a 10 el tercer día, para un total estimado de 80 a 100 procedimientos de este tipo. De este grupo, entre 20 y 25 pacientes sufrieron afectación en más de una extremidad. Al respecto, dijo: “La prioridad en este momento también era liberar el quirófano, porque eran muchos pacientes que llegaron al mismo momento y, por lo tanto, la única opción viable eran las amputaciones. No tenemos radiografía, no tenemos laboratorio; lo inicial era simplemente salvaguardar la vida”.
La actividad quirúrgica se mantuvo ininterrumpida desde las 6:30 p.m. del 24 de junio hasta el fin de semana, con tiempos operatorios reducidos a un máximo de 15 a 20 minutos por paciente en la mayoría de los casos. “En total, se contabilizaron unas 150 cirugías de emergencia, complementadas por el manejo de fracturas abiertas mediante lavados exhaustivos directamente en el área de admisión.”
Logística de Emergencia y Triaje
La escasez inicial de insumos obligó al personal y a los pacientes a improvisar férulas con cartón, plásticos y tablas. Las opciones terapéuticas avanzadas llegaron de forma paulatina; los insumos de inmovilización estándar arribaron al día siguiente, mientras que los fijadores externos se incorporaron entre la tarde del viernes y el sábado.
Para optimizar el flujo de atención, el equipo médico estructuró un triaje intuitivo dividido en tres áreas: pacientes quirúrgicos graves ubicados cerca de los quirófanos, casos complejos distribuidos en el estacionamiento, y heridos leves o con choque emocional ubicados en las zonas de espera. Asimismo, el personal médico destacó la labor solidaria de los hospitales de Caracas, los cuales recibieron de manera inmediata tanto a los pacientes derivados como a los hospitalizados.
Impacto en el talento humano
La respuesta del gremio médico fue progresiva, pasando de una traumatóloga de guardia inicial a un contingente de 15 especialistas al tercer día, organizados en rotaciones de dos días de labor por cuatro de descanso.
Sin embargo, el costo emocional fue elevado, asegura el traumatólogo. El servicio sufrió la pérdida de un especialista y un residente, sumado al fallecimiento de personal de enfermería, seguridad, limpieza y administración. Ante la imposibilidad temporal de procesar el duelo, el equipo optó por postergarlo mediante la carga laboral. Un mes más tarde, se implementaron terapias grupales y talleres de autoayuda para mitigar el impacto del agotamiento extremo y el trauma secundario.
Como autocrítica fundamental, el Dr. Chamberlain enfatizó la necesidad de mejorar la trazabilidad y el registro de los pacientes en futuras contingencias. Concluyó señalando que la capacitación continua, la realización de simulacros y la preparación en medicina de desastres son pilares indispensables para proteger tanto la integridad clínica de los pacientes como la salud mental del personal sanitario.
La contención no provino de programas institucionales de salud mental, sino de la reciprocidad humana. El apoyo moral entre compañeros, sumado a los gestos cotidianos de pacientes y familiares que aportaban insumos básicos, alimentos y mensajes de aliento, funcionó como el principal motor de resiliencia para el gremio.
La experiencia vivida durante las duras jornadas de emergencia a partir del 24 de junio 2026, consagró a la traumatología venezolana no solo como un bastión indiscutible de alta destreza técnica, rigor quirúrgico y entrega profesional absoluta, sino también como un recordatorio vivo y permanente de que la medicina, cuando se ejerce desde la más profunda empatía humana y el conocimiento científico, posee la capacidad real de trascender la propia catástrofe natural y social.





