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julio 3, 2025El Dr. Wallens Adelaide, maestro en el «arte de la cirugía neuroquirúrgica», narra su influyente trayectoria, desde su vocación de la infancia hasta su experticia en cirugía cerebrovascular. En amena conversación con MED/Médicos al día, abordó diversos tópicos, entre ellos la migración de especialistas y la necesidad de una formación médica integral para el futuro de Venezuela.
Por: Luis E. Baralt
En el diverso grupo de profesionales de la neurocirugía, algunos destacan no solo por su brillante labor asistencial, sino por un compromiso inquebrantable con la formación de futuras generaciones. Esta dedicación enaltece aún más la profesión, y es el caso del Dr. Wallens Adelaide, reconocido por su sencillez, humildad y excepcionales habilidad para la enseñanza. Sus alumnos lo conocen afectuosamente como «el maestro Adelaide», un título que asume con naturalidad, pues, tras culminar su posgrado en el Hospital Pérez Carreño, se dedicó a la docencia, como agradecimiento a quienes lo formaron.
Un llamado temprano y una destreza innata
La vocación del Dr. Adelaide no provino de una tradición familiar médica, sino de una inspiración temprana y vívida. «Lo mío es vocacional. Había dos series de televisión que me llamaron poderosamente la atención cuando yo tendría como ocho años: el Dr. Ben Casey (un joven residente de neurocirugía en el Hospital General de Los Ángeles) y el Dr. Kildare (que era neurocirujano). Esas dos series me marcaron, y ahí dije que yo iba a ser médico neurocirujano. Empecé a estudiar con esa meta en mente.»
El Dr. Adelaide recuerda una habilidad manual precoz. «Me llamaban la atención los juguetes, los desarmaba y los volvía a armar. En un momento dado me dio por los relojes. Me gustaban. Los abría, los desarmaba y, con paciencia, los rearmaba. Tenía esa facilidad y agilidad en las manos. Con esa destreza y agilidad natural, y una facilidad innata para el aprendizaje, me fui inclinando cada vez más a la medicina y, sobre todo, a la neurocirugía.»
Nacido en Caracas y criado en Valencia desde los seis años, el Dr. Adelaide narra sus años de estudiante con una mezcla de humor y franqueza. «Siempre he sido tímido y tal vez por eso se me dificultaban los exámenes orales. Siempre medio trastabillaba. Si tenía que hacerlo, lo hacía, pero no soy de los que salen de primero a decir: ‘yo lo hago, nómbrenme a mí’. No, yo me quedaba por allá atrás.»
Reconoce que no fue un «cerebrito» en bachillerato, pero su disciplina llegó con la universidad. «El bachillerato no fue estresante. Yo estudiaba, pero no me esforzaba. Estudiaba, y de repente se acababa el tema y me iba a jugar. Pero en quinto año me puse pilas y empecé a tener una metodología de estudio, que luego apliqué en mis primeros dos años en la universidad.»
La entrada a la Universidad de Carabobo fue desafiante. Fue cuando tomó conciencia de que debía estudiar mucho, “que la cosa era en serio. Los primeros años me costó porque no entendía cómo era el sistema.”
El rural y el posgrado
Recuerda el maestro que los dos primeros años de medicina fueron los más difíciles para él, un «filtro» que eliminaba a muchos. «Tenías que estudiar muchísimo y de todo”. Pero su convicción en la medicina era total, aunque el posgrado le trajo su propio sufrimiento. «El único momento que quise salirme fue en el posgrado, en primero y segundo año sufrí por la presión. Fue traumático. A pesar de que uno hace el trabajo, siempre hay alguien que hace parecer que no lo haces.»
Afortunadamente, los Dres. Juan Carlos Jiménez y Manuel Alvarado, sus jefes en aquel entonces, lo ayudaron, siendo «más consecuentes» con él, y comenzó a respirar en el posgrado, “le empecé a ver, como dicen por ahí, el queso a la tostada.”
Su primera guardia en un ambulatorio rural, sin experiencia previa, fue un aprendizaje sobre la marcha. Cuando llegó el primer paciente estaba nervioso, pero a medida que fue resolviendo, no se quedó en el aparato. “Comencé a ganar confianza.”
El neurocirujano y el «maestro»: habilidad, docencia y satisfacción
En su quinto año de residencia, el Dr. Adelaide ya destacaba. El jefe de servicio, Dr. Krivoy, lo puso de ejemplo. Otro colega, conocido también como «El maestro», llegó a decir en una reunión de servicio: «Si a mí me pasa algo, que me opere el doctor Adelaide.»
Recuerda que, en una oportunidad, durante su 5to. año, tuvo la oportunidad de asistir a un adjunto que operaba un aneurisma. “Pero el aneurisma no se podía clipar, no le conseguía el cuello. Y yo, modestamente le dije: ‘Doctor, déjame hacerlo yo’. ‘Está bien, toma’, me dijo. Tomé los instrumentos. El aneurisma estaba ‘acostado’. Fui disecando, disecando, disecando, hasta que logré levantarlo. Cuando lo vi así, ¡clip!”
Un caso aún más complejo se presentó con una niña que tenía un tumor cerebral intraventricular que dos cirujanos no lograban resolver. «Yo dije: ‘Creo que lo puedo operar’. Me metí por la misma entrada frontal por donde se había metido el doctor y saqué la mitad del tumor. En un segundo tiempo, me metí por el abordaje temporal y saqué el tumor completo. De repente, estaban comentando: ‘Bueno, aquí está el doctor Adelaide, que opera aneurismas que no se pueden clipar y tumores inoperables’. Esas son satisfacciones que llegan a uno ya en quinto año.»
Su inclinación por la cirugía cerebrovascular, especialmente los aneurismas, fue notoria.
En sus mis primeros 10 años, calcula que pudo haber tenido un promedio de 3 mil aneurismas, compartidos con otros médicos, pero siempre estando allí. Aunque no es especialista en vascular, es precisamente la parte que le gusta y donde más ha ayudado a los residentes. “Siempre me buscaban a mí por dos razones: primero, porque siempre estaba disponible. A mí me llamaban a cualquier hora, y salía a operar, estuviera o no de guardia. En una semana podía operar 10 o 12 aneurismas.»
Su apodo de «Maestro» es un reflejo de su filosofía: «Yo nunca fui egoísta con lo que sabía. Siempre he ayudado a mis alumnos, y los ayudaba bien, enseñándoles lo que yo sabía. Otros son muy reservados y no enseñan sus técnicas. Yo los dirijo con argumentos técnicos que les servirán a posteriori. Tengo muchos alumnos que me agradecen, la mayoría.»
30 años de avance y criterio clínico
Con más de 30 años de experiencia, el Dr. Adelaide ha presenciado la profunda transformación de la neurocirugía en el país. Destaca que la cirugía de columna, por ejemplo, pasó de ser un «relleno» para pabellones a un campo de gran complejidad.
«Hoy en día la columna se ha desarrollado mucho y hay muchas alternativas para operarla. Se ha vuelto complicado porque hay tantas técnicas, que se tiene que buscar la mejor para adaptarla a la patología del paciente; debe ser personalizado. Ahora se hace más ‘ciencia’ en la columna de lo que se hacía antes», afirma.
Un pilar de su práctica es el criterio quirúrgico, pues considera que “lo más difícil de un cirujano es no operar.” Para él, la clínica es primordial: «Yo le doy mucha prioridad a la clínica y una cosa que aprendí en el hospital, y se lo digo a los muchachos también, es que la clínica mata a Rayos X. Puedes ver a un paciente con una hernia discal, pero si no tiene dolor y está bien, no lo operes. Rehabilitación y ya. Muchas veces es el mismo paciente que te dice ‘opéreme’, porque él es el que está sufriendo. Y ahí es cuando evalúas y haces o no la cirugía. No debemos inducir al paciente para que se opere.»
Retos actuales y legado de una vida
El Dr. Adelaide no evade los desafíos actuales de la neurocirugía en Venezuela, especialmente la migración de talento. Sabe que muchos especialistas, muy buenos y de experiencia, se han ido al exterior y han sido exitosos afuera y advierte que los que ahora están saliendo de la Universidad con un promedio superior a 17 puntos, también se están yendo del país. “¿Quiénes quedan? Ahorita hay muchos médicos que están ingresando a los posgrados sin siquiera un conocimiento básico. Cuando se llega al posgrado, uno ya tiene que saber cómo funciona el pulmón, el riñón, el cerebro, el vaso. Una visión de cómo funciona el organismo.»
Sin embargo, mantiene la fe en las nuevas generaciones, si hay convicción y dedicación.
Piensa que en este momento no hay un déficit de neurocirujanos en el país, pero sí que necesitamos tener los mejores. Su mensaje es claro: «Si tienen la convicción de querer estudiar y hacer las cosas bien, lo pueden hacer. Lo que hay que hacer es estudiar, esforzarse y hacer todo siempre lo mejor posible.
Por propia experiencia, el Maestro Adelaide sabe que no es una tarea fácil, sobre todo durante los primeros años de posgrado. “Pero si lo saben sobrellevar, es una gran oportunidad. Hay que estudiar no solamente la neurocirugía, sino toda la anatomía del cuerpo humano, porque es importante tener ese conocimiento básico para poder seguir avanzando.»
Su vida personal se ha entrelazado con su vocación. «Yo puedo pasar todo el día en el hospital, un día, el otro y al día siguiente también. No lo veo como un trabajo. El hospital es mi segunda casa.» Reconoce que su dedicación implicó sacrificios familiares, especialmente durante sus años de formación. A pesar de haber sido jubilado del Hospital Pérez Carreño en 2019, sigue activo en el Hospital Domingo Luciani, donde se siente «muy cómodo», continuando con su labor y su enseñanza.
El Dr. Wallens Adelaide se considera un «neurocirujano de la vieja escuela, pero que sigue vigente», una figura que, con su experiencia y constante dedicación a la enseñanza, ilumina el camino para el futuro de la neurocirugía en Venezuela.





